“Al que amo amonesto”


Hace un par de años atrás puse en manos de Dios una petición muy especial y confié que actuaría a mi favor. Pasó el tiempo y parecía que todo marchaba bien, sin embargo, mi decepción fue muy grande al descubrir que no era así. Sentí deseos de correr muy lejos y tan fuerte que las fuerzas físicas me hicieran desaparecer y evaporarme sin dejar rastro ni recuerdo alguno de mi existencia en el pensamiento humano.

Estaba enojada, muy enojada y decepcionada de Dios. ¿Por qué no había respondido mi oración? Si la había hecho de todo corazón y sinceridad y era para bien. ¿Por qué permitía que siguiera pasando todo aquello si yo estaba poniendo toda mi fe en que él actuaría a mi favor? ¿Qué acaso la fe no mueve montañas? Tantas y tan duras preguntas y acusaciones tenía en contra de él por no haber actuado.

Dentro de mi, el lado espiritual que se resistía a ceder, me daba indicaciones de que Dios estaba actuando aún, y me decía que el ser humano es libre de decidir y Dios es digno en permitirlo. Pero mi enojo fue mayor. Y dejé todo, me alejé. Mande cartas de renuncia en los cargos en la iglesia y cese en asistir. Me alejé  de amistades y de la mayoría de mis contactos cristianos. No quería saber nada. Esta vez, haría las cosas a mi manera, esta vez yo me haría justicia. 

La lucha espiritual se convirtió en una guerra en tierra de nadie. Mis noches se volvieron tormentosas, y mis días estaban cubiertos por una espesa niebla que cubría cualquier forma de escape. Me sentía sofocar, pero me negaba a clamar por ayuda. Sentía hundirme, podía percibir como era jalada por las profundidades hacia mi perdición, pero mi enojo era mayor, y al contrario de Pedro, yo no extendía la mano para ser rescatada.

Tantas veces percibí la voz de Dios llamándome a la conciencia y por medio de hermanos espirituales que me instaban a volver; aún recordatorios de Facebook de notas que yo misma había escrito en años anteriores cuando estuve conectada con Dios.  Pero yo me negaba a responder. “¡oh! no, esta vez haré las cosas a mi modo”- pensaba. 

Tan equivocada que estaba. Enojándome con Dios porque no respondió de la manera que esperaba, mi fe fue probada y fallé. 

Ahora he vuelto, cansada, humillada, sin otra alternativa más que buscar a Dios. Y él tiernamente me aceptó. Fue presto a recibirme con amor como lo hizo el padre del hijo pródigo. Me dio un banquete y secó mis lágrimas. 

Pero debo honrar al Señor al confesar que no solo es amoroso pero también justo y santo. Me reprende con amor y me amonesta con justicia. 

Su mensaje es claro en la devoción que me envió hoy, me ha amonestado así: 

«Mas esto les mandé, diciendo: Escuchad mi voz, y seré a vosotros por Dios, y vosotros me seréis por pueblo; y andad en todo camino que os mande, para que os vaya bien.» «Y no oyeron ni inclinaron su oído; antes caminaron en sus propios consejos, en la dureza de su corazón malvado, y fueron hacia atrás y no hacia adelante,»  «Pero si mejorareis cumplidamente vuestros caminos y vuestras obras; si con verdad hiciereis justicia entre el hombre y su prójimo,[...] «os haré morar en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres para siempre.» Jeremías 7:23; 24; y 5 (texto ordenado en el orden que apareció ante mi y no representa el orden de aparición en el capítulo). 

La gloria y honra sea para siempre dada a Dios que es amor y justicia; misericordioso y santo. ¡Amén!

Me espera un camino largo en mi  reconexión espiritual con Dios, pero sé que será una experiencia de crecimiento y valoración. Encontraré en él la senda de mi destino, y deseo jamás apartarme de ella. No me jacto de mi, me jacto del poder redentor y del alcance de su misericordia en mi. 

Dios nos habla, aún estando huyendo de él, jamás nos soltará, el no se rinde, jamás ha perdido una pelea. 

Es guerrero fuerte. 
Es libertador. 
Es sanador.
Es Dios.
A él es la gloría, ¡Amén!

Nohemi


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